Hace diez años el Reino Unido votó por salir de la Unión Europea.
Fue una decisión que sorprendió incluso a muchos de sus propios promotores. Durante meses, figuras como Nigel Farage, Boris Johnson y Michael Gove habían jugado con una idea que parecía imposible: que los británicos realmente votaran por abandonar el proyecto europeo.
Yo estaba allí.
Ese día cubría la noticia desde Westminster. Recuerdo que, cerca de la medianoche, Nigel Farage prácticamente aceptó la derrota. El ambiente era de resignación entre los partidarios de la salida. Me fui a casa convencido de que la permanencia había ganado.
A las cinco de la mañana sonó el teléfono.
Un compañero me despertó.
—Juan, ganó el Brexit.
Pensé que era una broma.
Corrí al Parlamento. Todavía recuerdo los rostros de muchos jóvenes que habían votado por quedarse. Había tristeza, incredulidad y miedo al futuro.
Personalmente, ha sido uno de los días más tristes desde que llegué al Reino Unido en 1995.
Aquel pasaporte británico no era solo un documento. Era una puerta abierta para trabajar y moverme libremente por otros 27 países europeos. Para un periodista significaba poder cubrir historias, viajar y cruzar fronteras sin pensar en visados ni burocracia.
Mientras observaba a jóvenes lamentando el resultado, comenzaron a llegar los simpatizantes del UKIP, partido que años después se transformaría políticamente en lo que hoy representa Reform UK.
Celebraban.
Algunos gritaban.
Otros nos decían a los inmigrantes que era hora de volver a nuestros países.
Esa misma noche tenía un vuelo programado hacia Colombia. Tan seguro estaba de que ganaría la permanencia que ni siquiera contemplaba otro escenario.
Y cuando llegué a Bogotá, por primera vez en más de veinte años viviendo aquí, sentí ganas de no regresar.
Diez años después, resulta difícil sostener que el Brexit cumplió las promesas que hicieron sus promotores.
La economía británica ha crecido más lentamente que muchas economías comparables de Europa occidental. El comercio con la Unión Europea se ha vuelto más complejo. Miles de pequeñas empresas dejaron de exportar. La inversión extranjera se redujo y sectores enteros siguen enfrentando escasez de mano de obra.
La promesa era más prosperidad.
La realidad ha sido más burocracia.
La promesa era más crecimiento.
La realidad ha sido años de estancamiento.
La promesa era recuperar el control.
Pero muchos británicos sienten hoy que tienen menos control sobre el coste de la vida, la vivienda, la sanidad y sus oportunidades económicas.
Para rematar, cuatro años después llegó la pandemia.
El COVID golpeó a todo el mundo, pero también ocultó durante un tiempo las consecuencias económicas del Brexit, mezclando ambos fenómenos hasta hacer difícil separarlos.
Hoy, una década después, las encuestas muestran que una mayoría de británicos considera que salir de la Unión Europea fue un error.
Mientras tanto, los hombres que aparecen en aquella famosa portada siguen adelante con sus vidas.
Los políticos pasan.
Las consecuencias permanecen.
Y el Reino Unido sigue intentando responder una pregunta que hace diez años parecía sencilla:
¿Valió realmente la pena?

