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El presidente, en cambio, tarde o temprano se va.

Cuando termina una elección, el vecino sigue siendo el vecino, el amigo sigue siendo el amigo y la familia sigue siendo la familia (espero).

El presidente, en cambio, tarde o temprano se va.

La política toca algunas de las fibras más profundas del ser humano: identidad, esperanza, miedo y pertenencia.

La mayoría de la gente cree que apoya a un candidato solo por sus propuestas, pero muchas veces lo que realmente apoya es una historia sobre sí misma, sobre su pasado, sus heridas, sus sueños y sus frustraciones.

Por eso las discusiones políticas se vuelven tan emocionales.

Porque cuando alguien critica a nuestro candidato, sentimos que también está criticando nuestra manera de ver la vida.

Pero hay algo que deberíamos aceptar con más humildad: ningún líder político es un mesías.

Ni en Colombia, ni en Estados Unidos, ni en ningún país.

Los líderes pueden inspirar, pueden representar causas justas, pueden tomar buenas decisiones, pero también se equivocan, incumplen, negocian, decepcionan y muchas veces terminan pareciéndose más al poder que a las promesas que hicieron para llegar a él.

La vida es complicada. Los problemas económicos son reales.

Y mucha gente deposita en un líder la esperanza de que alguien arregle lo que ellos no pueden controlar.

Es casi una versión moderna de buscar un salvador.

Pero ningún presidente merece que una familia se rompa.

Ningún candidato merece que dos amigos de toda la vida se dejen de hablar.

Ningún político, de izquierda o de derecha, vale más que la gente que ha estado con nosotros en los momentos importantes de la vida.

Uno puede votar con convicción. Puede defender sus ideas. Puede creer en un proyecto político.

Pero no deberíamos olvidar que los gobiernos pasan, los presidentes se van y los candidatos cambian de discurso.

La familia, los amigos y la comunidad son los que quedan.

Creo que la verdadera madurez política no está en gritar más duro, ni en odiar al que piensa distinto, sino en entender que se puede tener una ideología sin perder la humanidad.

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