Con mi esposa, Maribel, tenemos un restaurante y todos los días observo la misma escena. Es inevitable compararla con mi propia infancia y con la crianza que le dimos a nuestro hijo Sebastián, que hoy tiene 20 años.
Cuando éramos niños (sí, el siglo pasado) salir a almorzar o a comer fuera de casa no era algo frecuente, por lo menos para una familia de clase obrera como la mía. Precisamente por eso era un acontecimiento. Uno se emocionaba. Era un plan especial.
La mesa era un lugar para conversar. Escuchábamos a nuestros padres, a los abuelos, a los tíos y a los demás adultos. Muchas veces no entendíamos de qué hablaban, pero igual permanecíamos allí.
Y cuando las conversaciones eran “de grandes”, simplemente mirábamos alrededor. Observábamos a otras familias, al mesero, a la gente que entraba y salía del restaurante. O, sencillamente, nos aburríamos.
Y hoy pienso que el aburrimiento tenía una función.
Era en esos momentos cuando la mente empezaba a imaginar, a inventar historias, a hacerse preguntas o simplemente a soñar despierto. El aburrimiento no era un enemigo; era un espacio donde nacían la curiosidad y la creatividad.
Hoy la escena suele ser distinta.
Una de las primeras cosas que hacen muchos padres al llegar a un restaurante es entregarles a sus hijos un iPad o un teléfono inteligente y, cada vez con más frecuencia, también unos audífonos. En cuestión de segundos el niño queda completamente aislado de la experiencia de compartir la mesa con su familia. Incluso cuando llega la comida, muchos continúan con la mirada fija en la pantalla.
Por supuesto, esto permite que los padres coman más tranquilos y sin el estrés de tener que entretener a sus hijos. Y los entiendo. Educar nunca ha sido una tarea fácil.
Estoy convencido de que la mayoría de los padres preferiría que sus hijos disfrutaran una comida conversando, haciendo preguntas y compartiendo en familia, como ellos mismos lo hicieron de pequeños. Pero los niños de hoy han crecido en un mundo de estímulos permanentes. Tolerar el aburrimiento les resulta mucho más difícil. Y cuando aparece la protesta o la pataleta, es comprensible que muchos padres terminen cediendo para evitar un conflicto.
Con Sebastián intentamos hacerlo de otra manera. Salíamos casi todos los fines de semana y nunca le llevábamos una tableta. Tampoco tuvo teléfono móvil durante la primaria. Así se acostumbró a conversar con nosotros, a hacer preguntas y a participar de las conversaciones familiares. Cuando se aburría, Maribel le daba hojas y colores. Dibujaba, pintaba, inventaba cosas. Hoy pienso que ese aburrimiento fue también un espacio para desarrollar su imaginación.
Sé que es prácticamente imposible esperar que un niño o un adolescente de hoy no quiera estar conectado al móvil, a las redes sociales o a los videojuegos. Ese es el mundo en el que nacieron.
Pero hay una paradoja que siempre me llama la atención.
Muchos de los ejecutivos, ingenieros y diseñadores que ayudaron a construir la industria tecnológica en Silicon Valley han contado que limitaron de forma estricta el uso de pantallas para sus propios hijos. Si quienes mejor conocen cómo están diseñadas estas plataformas buscan que sus hijos pasen menos tiempo en ellas, quizá sea una invitación para que todos reflexionemos.
No escribo esto como una crítica. Es simplemente una reflexión.
Al final, la inmensa mayoría de los padres criamos a nuestros hijos lo mejor que podemos, con el amor, la educación y las herramientas que tenemos en cada momento de la vida.
Y quizá esa misión de educar nunca termina. Ni siquiera cuando nuestros hijos ya son adultos.
Por Juan Carlos Bejarano B.


















