Esta semana Colombia vivió uno de los terremotos más duros y destructores de esta década. Más de 200 personas han perdido la vida y, lamentablemente, ese número podría seguir creciendo.
Detrás de cada cifra hay una historia que rompe el corazón.
La de las trillizas de Cali, dos de las cuales murieron junto a su padre. Cuesta siquiera imaginar el dolor de la hermana que sobrevivió cuando comprenda que, en cuestión de segundos, perdió a buena parte de su familia.
La de la abuela que murió junto a su nieta. La de la pareja de esposos encontrada abrazada entre los escombros.
Incluso las de compañeros periodistas golpeados directamente por la tragedia: uno perdió a su padre después de buscarlo desesperadamente; otro, a su esposa; un tercero, a su hermano.
Y así podríamos seguir.
Cada fallecido es mucho más que un número. Es una familia rota, una silla que quedará vacía, una llamada que nunca volverá a ser contestada. Es también un recordatorio brutal de la fragilidad de la vida.
Desde fuera de Colombia uno siente una impotencia todavía mayor. Quisiéramos salir corriendo a ayudar a rescatar víctimas aunque no las conozcamos. Queremos enviar dinero para alimentar a los damnificados, comprar medicamentos o ayudar a una familia que perdió su casa.
Y es precisamente ahí donde debemos ser cuidadosos.
Hay dos etapas diferentes y fundamentales.
La primera es la emergencia. Y en ella los colombianos han vuelto a dar una muestra gigantesca de solidaridad. Toneladas de alimentos y ayudas se han recogido para quienes lo necesitan. Para esta primera etapa he sugerido apoyar organizaciones con experiencia y capacidad para trabajar sobre el terreno, como la Cruz Roja Colombiana, los bancos de alimentos de diócesis y arquidiócesis y otras instituciones reconocidas.
Pero después vendrá una segunda etapa, quizás menos visible, pero mucho más larga y costosa: la reconstrucción.
Reconstruir una ciudad, una escuela, un hospital, un edificio o un barrio no es cuestión de días. Puede tomar meses y, en algunos casos, años.
Por eso será necesario unir esfuerzos y, sobre todo, saber quién administrará los recursos. Las ciudades y regiones más afectadas deberían contar con una especie de gerente o zar de la reconstrucción: personas técnicamente capacitadas, independientes y sometidas a una estricta vigilancia ciudadana, encargadas de coordinar los recursos públicos, privados y aquellos que lleguen desde diferentes partes del mundo.
Y deberá existir una veeduría seria.
Cada peso destinado a la reconstrucción tiene que llegar a donde realmente se necesita. Una tragedia de estas dimensiones no puede convertirse en una oportunidad para la corrupción o el despilfarro.
Pero dentro de tanto dolor también existe la posibilidad de reconstruir mejor.
Algunas viviendas y edificaciones tendrán que levantarse con estándares mucho más exigentes frente a los terremotos, especialmente en una región donde los movimientos sísmicos forman parte de nuestra realidad. Reconstruir deberá significar también mejorar infraestructura, modernizar servicios y crear miles de nuevos empleos.
De momento, mi Colombia, mi Valle del Cauca, me quito el sombrero ante semejante muestra de solidaridad.
Y quienes vivimos en el exterior también tendremos nuestro momento.
Ayudar no será solamente enviar dinero. Entre los millones de colombianos que vivimos fuera del país hay ingenieros, arquitectos, médicos, urbanistas, empresarios, académicos y profesionales de todas las áreas que podrían aportar conocimientos y experiencia, presencialmente o a distancia.
La emergencia moviliza el corazón durante unos días.
La verdadera solidaridad será no olvidarnos de los damnificados cuando las cámaras se hayan ido.
Levantar a Colombia después de esta tragedia será una tarea de todos.
Texto: Juan Carlos Bejarano B.
Fotografía; Gustavo Ospina.


















