Por Juan Carlos Bejarano B.
Cuando llegué a Londres, en 1995, trabajé durante un tiempo limpiando oficinas con otros latinoamericanos.
En aquella época no existían los teléfonos con cámara, pero algunas veces alguien llevaba una y nosotros aprovechábamos para sentarnos detrás de los escritorios, levantar el teléfono o posar frente a uno de aquellos enormes computadores.
Esas eran las fotos que mandábamos a Colombia. Nunca nos fotografiábamos limpiando un baño, pasando la aspiradora o vaciando las papeleras.
Queríamos que nuestras familias nos vieran bien, que pensaran que estábamos progresando y que todo el sacrificio de habernos ido tan lejos estaba valiendo la pena.Y lo entiendo, porque los inmigrantes casi nunca mostramos la parte más dura de nuestros trabajos.
No mostramos el autobús de las cuatro de la mañana, la obra bajo la lluvia, la cocina hirviendo, el abuelo al que hay que levantar de la cama, la cosecha que se recoge con la espalda doblada o la bicicleta con la que se reparte comida en medio del frío.
Queremos mostrarnos exitosos, ganadores, que quienes se quedaron en nuestros países piensen que nos está yendo bien.
Pero quizás, sin quererlo, al esconder esa realidad también hemos permitido que otros cuenten nuestra historia por nosotros.He trabajado durante toda mi vida adulta en los medios de comunicación y sé que pocas veces se muestran esas imágenes.
Cuando se habla de inmigración, generalmente vemos a inmigrantes llegando en pequeños barcos o pateras.
Los vemos protestando, pidiendo ayuda o viviendo en hoteles y centros para solicitantes de asilo.
Y cuando esas son casi las únicas imágenes que una sociedad recibe, resulta muy fácil convencerla de que los inmigrantes solamente llegan a pedir, a recibir ayudas o a convertirse en una carga para el país.
Pero pocas veces vemos al inmigrante que se levanta mientras el resto del país duerme, al que limpia las oficinas, construye las casas, cuida a los ancianos, recoge las cosechas, cocina, conduce o trabaja durante toda la noche para que, cuando los demás despierten, todo siga funcionando.
Hoy todos llevamos una cámara en el bolsillo y quizás ha llegado el momento de mostrar también esa parte de nuestra vida.
No para dar lástima ni para sentir vergüenza, sino para enseñar el verdadero aporte de millones de inmigrantes a los países que los recibieron.
También serviría para que nuestras familias conocieran toda la verdad, porque detrás de cada giro que llega a nuestros países hay alguien que madrugó, pasó frío, durmió poco y muchas veces hizo uno de esos trabajos esenciales que los locales ya no quieren hacer.
Detrás de ese dinero hay cansancio, soledad y sacrificio, pero también hay un inmigrante que dejó una parte de su vida en otro país para intentar cambiar la vida de los suyos.
Por eso los inmigrantes debemos comenzar a contar y a mostrar nuestra realidad. Debemos tomar el control de nuestras propias historias y no permitir que sean solamente otros quienes decidan cómo representarnos.
Porque si no lo hacemos nosotros, serán los grupos antiinmigrantes, la ultraderecha o cierta prensa sensacionalista los que continuarán construyendo el relato.
Unos exagerarán los problemas, otros ocultarán nuestra contribución y muchos seguirán mostrando únicamente las imágenes que alimentan el miedo y el rechazo.
Contar nuestra realidad significa mostrarlo todo, también los problemas y las dificultades, pero sin permitir que se oculte el inmenso aporte laboral y social de los inmigrantes.
Quizás ha llegado el momento de dejar de fotografiarnos solamente detrás del escritorio y comenzar a mostrar también el cubo, “el mopo”, la aspiradora “Henry” y las manos con las que ayudamos a construir este país.


















