Londres, 6 de septiembre de 1995.
Llevaba apenas tres meses viviendo en Inglaterra y todavía había días en los que me parecía increíble estar aquí.
Ese miércoles era uno de ellos.
Colombia jugaba contra Inglaterra en Wembley. El viejo Wembley. El de las dos torres blancas que uno veía desde lejos y que tantas veces había visto por televisión.
La entrada me había costado quince libras. Para mí, en aquella época, no era poca cosa. La llevaba guardada junto al pasaporte como si fuera un tesoro.
Un día antes había ido hasta un hotel en Knightsbridge porque me enteré de que allí estaba concentrada la Selección Colombia. Éramos unos cuantos colombianos esperando afuera, llamando a los jugadores cada vez que aparecía alguno.
Y apareció René Higuita.
Me tomé una foto con él que todavía debe andar por alguna maleta vieja.
Yo pensé que con eso ya había hecho el día.
No sabía lo que iba a pasar 24 horas después.
Ese miércoles tomé la Metropolitan Line rumbo a Wembley. Desde Baker Street el tren ya parecía colombiano. Éramos decenas, quizás más de cien, vestidos de amarillo, con banderas, cantando y hablando del partido como si todos fuéramos amigos de toda la vida.
—Hoy mete gol Asprilla —dijo uno.
—Hoy Valderrama le pone el pase gol a Rincón —respondió otro.
—Hoy Higuita las tapa todas —dije yo.
Ninguno acertó del todo. Pero Higuita terminaría haciendo algo mucho mejor.
Llegué temprano a Wembley con una camiseta amarilla que había comprado para el Mundial de Estados Unidos 94. No era original. Tampoco importaba.
Afuera del estadio también había un pedacito de Colombia. Unos vendedores colombianos hacían su agosto en septiembre vendiendo empanadas y botellas de Colombiana.
Había camisetas amarillas, banderas, gritos, canciones y gente que probablemente nunca se había visto antes abrazándose como si se conociera de toda la vida.
Eso tiene la inmigración.
A miles de kilómetros de casa, cualquier colombiano se vuelve paisano. Y cualquier paisano, casi familia.
Entré a Wembley y me senté en la tribuna oriental. Había ido solo.
Y entonces ocurrió una de esas casualidades que solo parecen posibles cuando uno está lejos de casa.
A mi lado terminó sentándose Silvia.
Silvia había sido compañera mía de Lenguas Modernas en la Universidad del Valle. Nos habíamos visto muchas veces en los pasillos y en las aulas de la universidad, pero nunca habíamos hablado.
Ni una sola vez.
Tuvimos que encontrarnos años después, a miles de kilómetros de Cali, en una tribuna de Wembley, para hacerlo.
Y hablamos.
De la universidad. De Colombia. De Londres. De lo que hacíamos allí. De antiguos compañeros. De la vida. De todas esas cosas que uno empieza a recordar cuando se encuentra con alguien de su pasado estando tan lejos de casa.
Hablamos prácticamente durante todo el partido.
Hasta que ocurrió.
Primero hubo un segundo de silencio. De incredulidad.
Después Wembley explotó.
Yo volteé a mirar.
—¿Qué pasó?
René Higuita acababa de hacer el escorpión.
Y yo me lo había perdido.
Sí.
Estuve en Wembley la tarde en que Higuita hizo una de las jugadas más famosas de la historia del fútbol y no la vi.
Esa noche tuve que verla como millones de personas en el resto del mundo: por televisión.
Una vez. Otra vez.Y otra vez.
Higuita lanzándose hacia adelante y rechazando con los talones aquel balón de Jamie Redknapp que iba hacia su portería.
Durante los días siguientes parecía que en Inglaterra no se hablaba de otra cosa. Los tabloides publicaron fotografías de la jugada y hasta aparecieron rumores de que Higuita podía terminar jugando en la Premier League. En los entrenamientos, otros arqueros intentaban imitar aquella locura.
El Loco había conquistado Inglaterra.
Pero hay otras cosas de aquella tarde que sí vi.
Vi Wembley lleno de amarillo.
Vi las banderas colombianas en medio del cielo gris de Londres.
Canté el himno lejos de casa.
Y conocí de verdad a Silvia, aquella compañera de universidad con quien nunca había cruzado una palabra en Cali y con quien terminé hablando durante noventa minutos en Londres.
La celebración siguió esa noche.
Un buen grupo de colombianos terminamos en La Gota Fría, una discoteca cerca de Oxford Street. Allí apareció también el Tino Asprilla. Se dejó saludar, conversó con la gente y posó para algunas fotografías.
Fue uno de esos días que uno no sabe, mientras los está viviendo, que va a recordar durante el resto de su vida.
Treinta años después, la historia tuvo una especie de segunda parte.
René Higuita estuvo en mi restaurante Maracuyá, en Londres.
Esta vez pude sentarme con él y recordar aquella famosa jugada que yo había tenido el privilegio de presenciar… sin haberla visto.
Entre varias botellas de Ribera del Duero, René nos contó historias de su carrera, de la Selección y de aquellos años. Y yo finalmente pude celebrar con él aquel escorpión que me había perdido tres décadas antes.
También fue una noche maravillosa.
Han pasado más de treinta años desde aquella tarde de Wembley.
Del viejo estadio ya no quedan aquellas dos torres. La camiseta amarilla no sé dónde terminó. Aquellas quince libras que entonces me parecían una fortuna hoy suenan casi increíbles para una entrada de Inglaterra contra Colombia. Y la fotografía con Higuita debe seguir esperando que algún día abra la maleta correcta.
Pero la memoria permanece.
La del inmigrante que llevaba apenas tres meses en Londres y que por unas horas volvió a sentirse en Colombia.
La de las empanadas y la Colombiana afuera de Wembley.
La de Asprilla celebrando después en La Gota Fría.
La de Higuita volando de cabeza y sacando un balón con los talones.
Y la de Silvia.
Porque puedo decir que estuve allí, a pocos metros de uno de los escorpiones más famosos de la historia.
Solo que, precisamente en ese momento, estaba hablando con Silvia.
Fotos: 1. Leo Pareja entrevista a René Higuita. Crédito; Alberto Amórtegui.
2. René Higuita con Juan Carlos Bejarano en charla con Rcn Radio.


















