Siempre he pensado que cuando un inmigrante explota, humilla o se aprovecha de otro inmigrante, comete una falta moral especialmente grave, además de poder estar incurriendo en un delito. Porque no se trata solamente de abusar de otro ser humano, sino de darle la espalda a alguien que ha recorrido un camino parecido al nuestro, que conoce las mismas dificultades y que probablemente llegó a este país buscando las mismas oportunidades que nosotros. Esto es, en cierta manera, traicionar nuestra propia historia.
Leí recientemente un estremecedor reportaje de mi colega y amiga María Victoria Cristancho, publicado en El Tiempo de Bogotá el pasado 16 de octubre, titulado “El barrio invisible de los colombianos en Londres”.
Cristancho retrata una realidad que muchos conocemos, pero de la que no siempre queremos hablar: compatriotas que viven en situación migratoria irregular, sometidos a condiciones laborales abusivas y obligados a pagar cantidades desproporcionadas por una cama en habitaciones hacinadas.
Uno de los testimonios cuenta la historia de una colombiana que paga 150 libras semanales por una cama en una vivienda donde doce personas comparten un solo baño. Y cuando alguien reclama, la respuesta es tan cruel como reveladora: hay otros diez esperando ocupar su lugar.
Llevo más de tres décadas viviendo en el Reino Unido. He visto llegar a miles de colombianos con una maleta llena de ilusiones, muchas veces huyendo de la pobreza, la violencia o la falta de oportunidades. También he conocido innumerables historias de solidaridad, de compatriotas que ofrecen una mano cuando alguien más la necesita.
Pero existe otra cara de nuestra comunidad que debemos tener el valor de denunciar.
No hay nada más triste que ver cómo alguien que un día fue vulnerable utiliza su nueva posición para aprovecharse de la vulnerabilidad de quien acaba de llegar.
Haber sufrido dificultades como inmigrante debería hacernos más humanos, no más crueles. Haber conocido la incertidumbre, el miedo y la soledad debería enseñarnos a tender la mano, no a convertir la necesidad ajena en un negocio.
Y quiero dejar algo muy claro: estar en situación migratoria irregular no significa perder la dignidad ni los derechos fundamentales. Nadie merece ser explotado por no tener papeles. Nadie debería tener que escoger entre soportar humillaciones o quedarse sin techo.
No podemos exigir respeto para los inmigrantes frente a los discursos de odio y la discriminación mientras guardamos silencio cuando los abusos se producen dentro de nuestras propias comunidades.
Tampoco podemos hablar de solidaridad colombiana solamente durante las fiestas patrias, cuando juega la selección o cuando nos reunimos a celebrar nuestras tradiciones. La verdadera solidaridad se demuestra cuando alguien está desesperado y nosotros tenemos la posibilidad de ayudarlo, no de aprovecharnos de él.
Ojalá el reportaje de María Victoria Cristancho sirva para abrir una conversación necesaria dentro de nuestra comunidad.
Emigrar nos ha enseñado que ningún ser humano es superior a otro por tener un pasaporte, una residencia, una empresa o unos cuantos años más viviendo en el extranjero.
Quien utiliza la desesperación de otro inmigrante para enriquecerse quizá haya conseguido prosperar económicamente, pero ha fracasado en algo mucho más importante: su humanidad.
Texto: Juan Carlos Bejarano B.
Artículo de María Victoria Cristancho en El Tiempo.

















