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La justicia cojea, pero llegará para Zulma Guzmán

Por Juan Carlos Bejarano B. | Londres

La semana pasada tuve la oportunidad de observar durante tres días, a pocos metros de distancia, a Zulma Guzmán, la empresaria colombiana requerida por la justicia de su país por su presunta participación en el envenenamiento con talio de dos niñas que murieron en Bogotá después de consumir unas frambuesas cubiertas de chocolate.

Y debo confesar que, después de más de treinta años ejerciendo el periodismo, pocas veces me había encontrado con una persona tan difícil de descifrar.

Zulma Guzmán es una mujer de una frialdad desconcertante. No expresa nerviosismo, no parece angustiada, no muestra tristeza. Durante las tres jornadas de audiencia en el Westminster Magistrates’ Court permaneció sentada, mirando al magistrado o a sus abogados, sin que pudiera observar en su rostro alguna reacción ante la gravedad de las acusaciones que enfrenta.

Ni siquiera la presencia de una decena de periodistas parecía incomodarla. Nunca nos miró, al menos mientras yo la observaba. No parecía intimidada por la prensa internacional que había llegado hasta aquella sala para seguir su caso. Tampoco advertí en ella temor o desesperación ante la posibilidad de ser enviada a Colombia para responder por un crimen que ha estremecido al país.

En meses anteriores había asistido a sus audiencias preliminares, pero entonces Guzmán comparecía por videoconferencia desde la prisión donde permanece detenida. Esta vez la tenía enfrente y pude observarla durante horas.

Los periodistas desarrollamos con los años cierta habilidad para intentar leer a las personas. Cuando entrevisto a alguien, los primeros minutos suelen decirme mucho. Observo cómo habla, cómo mira, cómo reacciona ante una pregunta incómoda, cuándo sonríe o cuándo guarda silencio. Son pequeños detalles que ayudan a encontrar el camino de una entrevista y a formular las preguntas adecuadas.

Claro que uno puede equivocarse. No somos psicólogos y mucho menos podemos saber lo que pasa por la cabeza de una persona.

Pero con Zulma Guzmán me encontré ante alguien imposible de leer.

Durante aquellas largas horas no conseguí identificar un solo gesto que me permitiera imaginar qué estaba sintiendo. ¿Estaba preocupada? ¿Tenía miedo? ¿Sentía rabia? ¿Estaba convencida de que sus abogados conseguirían impedir la extradición?

No tengo la menor idea.

Su expresión permaneció prácticamente inalterable durante los tres días. Y eso fue precisamente lo que más me llamó la atención.

No pretendo decir que una persona acusada de un delito tenga que llorar o mostrarse desesperada. Cada quien enfrenta las dificultades a su manera. Pero me sigue resultando sorprendente que alguien pueda mantener semejante compostura cuando está en juego su libertad y cuando las acusaciones son tan graves.

Otro detalle que me llamó la atención fue su apariencia.

Guzmán llegó a las audiencias impecablemente vestida, con traje de negocios, una elegante pañoleta de seda y un nuevo corte de cabello. Parecía una ejecutiva que asistía a una reunión empresarial y no una mujer detenida en una prisión británica, enfrentada a un proceso de extradición por un doble homicidio.

Su imagen era la de una mujer segura de sí misma, acostumbrada a moverse en ambientes empresariales y sociales de alto nivel.

Mientras la observaba, por momentos imaginaba que su apariencia parecía enviarle un mensaje silencioso al magistrado británico: ¿Usted realmente cree que una mujer exitosa como yo, educada, empresaria, con maestrías y perteneciente a la alta sociedad bogotana, puede ser una asesina?

Por supuesto, esa es una interpretación exclusivamente mía. No sé qué pretendía transmitir Guzmán con su apariencia.

Pero hay algo interesante en todo esto. A uno le cuesta trabajo imaginar que una persona con semejante educación, recursos económicos y reconocimiento social pueda llegar a planear un crimen tan cruel.

Guzmán es una mujer preparada, empresaria, que pertenecía al exclusivo Club El Nogal de Bogotá. Una persona que aparentemente lo tenía todo para llevar una vida cómoda y exitosa.

Y, sin embargo, la historia nos ha demostrado muchas veces que tener estudios, dinero o pertenecer a una determinada clase social no garantiza absolutamente nada sobre la calidad humana de una persona.

La educación no impide la crueldad. Tampoco la riqueza ni la posición social.

Eso no significa que Guzmán sea culpable. Su aparente frialdad no demuestra nada. Pero sí resulta llamativo el contraste entre la mujer que observé durante tres días en Westminster y la gravedad de los hechos que le atribuye la Fiscalía colombiana.

El extraño caso de Zulma Guzmán comenzó con una relación extramatrimonial que sostuvo con el empresario colombiano Juan de Bedout, a quien conocía desde sus años universitarios.

Según la investigación, De Bedout decidió terminar aquella relación y, después de quedar viudo, tampoco quiso retomarla. La Fiscalía considera que esa negativa pudo haber provocado un resentimiento que terminó convirtiéndose en el móvil de una terrible venganza.

De comprobarse esa hipótesis, estaríamos hablando de una relación sentimental que terminó convertida en una obsesión fatal, con consecuencias para personas que nada tenían que ver con aquel conflicto.

Porque las víctimas fueron dos niñas que murieron después de consumir unas frambuesas cubiertas de chocolate contaminadas con talio, un metal altamente tóxico.

Y la verdad es que las pruebas que ha presentado la justicia colombiana son, en mi opinión, bastante comprometedoras para Guzmán.

Entre ellas están las comunicaciones relacionadas con el envío de las frambuesas, los datos de geolocalización que, según la Fiscalía, la ubicarían cerca del repartidor el día del envío y, especialmente, el hallazgo de rastros de talio en objetos encontrados en un casillero asignado a ella en el Club El Nogal.

Además, la Fiscalía investiga otros posibles casos de intoxicación que podrían ampliar considerablemente la dimensión de esta historia.

No se trata simplemente de una mujer que tuvo una relación sentimental complicada. Estamos ante una investigación por un crimen espantoso, con evidencias materiales que deberán ser examinadas por los tribunales y frente a las cuales la defensa tendrá oportunidad de responder.

Y aunque Guzmán ha negado su responsabilidad, considero que la Fiscalía colombiana ha reunido elementos suficientemente importantes para que tenga que responder ante la justicia de su país.

Las audiencias de extradición de la semana pasada terminaron aplazadas hasta marzo de 2027, después de que se incorporara nueva documentación enviada desde Colombia y el magistrado británico decidiera conceder más tiempo para examinarla.

Para las familias de las víctimas, esto significa otros cuatro meses de espera. Para Guzmán, permanecer más tiempo en el Reino Unido mientras sus abogados continúan su batalla para evitar que sea enviada a Colombia.

Pero después de más de tres décadas viviendo en Londres y siguiendo el funcionamiento de la justicia británica, tengo una opinión muy clara: Zulma Guzmán será extraditada a Colombia.

He seguido procesos de extradición tan complejos como los de Augusto Pinochet y Julian Assange, y sé perfectamente que estos procedimientos pueden demorarse meses e incluso años. La justicia británica permite recursos, apelaciones y discusiones sobre garantías judiciales, condiciones carcelarias y circunstancias médicas.

Pero también conozco la seriedad con la que los tribunales examinan las solicitudes de extradición y considero que los elementos presentados por Colombia son lo suficientemente importantes para que Westminster termine autorizando su entrega.

Incluso estoy convencido de que, si sus abogados apelan ante el High Court, los tribunales superiores acabarán confirmando esa decisión.

Puedo equivocarme, naturalmente. Pero mi impresión es que la pregunta ya no es si Guzmán será extraditada, sino cuánto tiempo más podrá permanecer en el Reino Unido antes de regresar a Colombia.

Y hay una diferencia que conviene explicar: una extradición no significa una condena. El juez británico no tiene que decidir si Guzmán envenenó a las niñas. Su función es determinar si existen las condiciones legales para entregarla a Colombia. Serán los jueces colombianos quienes tendrán que establecer su responsabilidad.

Al salir de Westminster, después de aquellas jornadas, seguía pensando en la imagen de Zulma Guzmán.

Su traje de negocios, su pañoleta de seda, su nuevo corte de cabello, su mirada fija en el magistrado y esa expresión que parecía no cambiar nunca.

He entrevistado durante mi carrera a políticos, empresarios, delincuentes, víctimas de guerras y personajes de toda condición. Algunos intentan aparentar tranquilidad cuando están nerviosos. Otros esconden su miedo detrás de una sonrisa o de una actitud arrogante. Y otros simplemente no dejan ver lo que sienten.

Pero pocas veces me he encontrado con una persona tan difícil de interpretar como Zulma Guzmán.

No sé si detrás de esa expresión imperturbable hay una mujer aterrorizada, alguien que confía plenamente en su inocencia o simplemente una persona que ha aprendido a no mostrar sus emociones.

No lo sé y tampoco pretendo saberlo.

Lo que sí sé es que mientras ella permanece detenida en el Reino Unido, en Colombia hay familias que siguen esperando justicia por la muerte de dos niñas.

Guzmán tiene todo el derecho a defenderse y a utilizar los recursos que le concede la legislación británica. Pero las familias de las víctimas también tienen derecho a conocer la verdad y a que los responsables respondan por lo ocurrido.

Y después de observar este proceso, mi convicción es que Zulma Guzmán terminará regresando a Colombia extraditada.

Podrá tardar meses. Sus abogados podrán presentar recursos y el expediente podrá pasar por otros tribunales.

Pero creo que su batalla para evitar la extradición terminará fracasando.

Para Zulma Guzmán, la justicia cojea, se demora y parece avanzar a paso de tortuga. Pero llegará.

Dibujo recreado con Inteligencia Artificial.

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