San Antonio, una de las ciudades estadounidenses más identificadas con la cultura mexicana y el mariachi, enfrenta una situación que está golpeando directamente a su comunidad artística. Al menos cinco músicos de mariachi han sido detenidos por agentes migratorios en los últimos meses, generando preocupación entre artistas que durante décadas han convertido esta música en una parte esencial de la identidad cultural de la ciudad.
La situación ha provocado que algunos grupos musicales desaparezcan o reduzcan sus presentaciones. Para los músicos afectados, el problema no representa únicamente una amenaza migratoria: también significa perder empleos, compañeros de escenario y una actividad que constituye el sustento de numerosas familias latinas.Uno de los casos más recientes es el del venezolano Reny Jesús Colina Torres, cantante y trompetista de 27 años.
Colina fue detenido el 10 de agosto después de una parada de tráfico y permanece bajo custodia migratoria mientras avanza su proceso. Su familia sostiene que tenía una solicitud de asilo pendiente y autorización para trabajar. El Departamento de Seguridad Nacional, por su parte, afirma que un permiso de trabajo y una solicitud pendiente no constituyen por sí mismos un estatus migratorio legal.Colina había construido su vida alrededor de la música.
Antes de llegar a Estados Unidos estudió en Venezuela dentro del Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles. Después de emigrar en 2024, comenzó a buscar oportunidades como mariachi en San Antonio y rápidamente se integró a agrupaciones locales. Para sus compañeros, su talento y su pasión por la música lo habían convertido en una pieza importante de la comunidad.Otro caso que conmocionó a los músicos fue el de Hebert Ibarra, de 20 años, quien fue detenido el 25 de junio cuando regresaba a su casa después de una presentación.
Según su familia, todavía llevaba puesto el traje de charro. Ibarra permaneció detenido hasta que fue liberado el 11 de julio después de que un juez migratorio le concediera una fianza.La preocupación también alcanzó a los hermanos Antonio y Joshua Gámez-Cuéllar, jóvenes integrantes de una destacada agrupación estudiantil de mariachi en Texas.
Los hermanos y su familia fueron detenidos después de acudir a un control migratorio rutinario. Posteriormente fueron liberados. Los jóvenes habían ganado campeonatos estatales y habían llegado a tocar música mexicana en el Congreso de Estados Unidos.Para los músicos de San Antonio, estos casos han creado una sensación de incertidumbre.
Anthony Medrano, reconocido intérprete de mariachi con casi cinco décadas de trayectoria, asegura que los artistas están preocupados porque su vestimenta tradicional los hace fácilmente identificables cuando se desplazan por la ciudad después de sus presentaciones.
La comunidad ha comenzado a organizarse para apoyar a los músicos detenidos.El impacto también es económico. Brenda Smith, compañera musical de Colina, explicó que tras las detenciones su agrupación terminó disolviéndose y ella perdió una fuente de ingresos. Para muchos artistas latinos, el mariachi no es solamente una expresión cultural: es un trabajo que permite pagar vivienda, alimentación y educación de sus familias.
San Antonio tiene además una relación histórica con esta tradición. En 1970 nació allí uno de los primeros programas de enseñanza de mariachi en escuelas públicas de Estados Unidos, impulsado por la educadora Belle Ortiz. Desde entonces, el género se extendió por escuelas, universidades, restaurantes y escenarios de todo Texas, convirtiéndose en uno de los símbolos culturales de la comunidad latina.
Hoy, esa tradición enfrenta un escenario inesperado. Mientras las autoridades migratorias defienden sus procedimientos y aseguran que los detenidos reciben el debido proceso, los músicos temen que la presión migratoria termine afectando una expresión cultural construida durante generaciones. En San Antonio el mariachi continúa sonando, pero sus intérpretes aseguran que cada presentación comienza ahora con una preocupación que antes no estaba allí: poder regresar a casa después de tocar.
Fuente: EL PAÍS.














