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Cuando las redes sociales dejaron de unirnos

En 2007 abrí mi cuenta de Facebook. Me parecía una maravilla.

De repente podía reencontrarme con amigos a los que no veía desde hacía veinte años o más. Podía saber qué había sido de sus vidas, conocer a sus hijos, ver a sus familias y acompañarlos, aunque fuera desde la distancia, en los pequeños acontecimientos de cada día.

También podía asomarme a la vida de algunas personas conocidas que había entrevistado y que me habían aceptado como amigo: actrices como Nórida Rodríguez y Aura Cristina Geithner, y maestros del periodismo como Germán Castro Caycedo y Aris Vogel, ambos ya fallecidos.

Cuando reviso lo que publicaba entonces, encuentro cosas muy sencillas. Contaba lo que había comido, mencionaba la entrevista que haría ese día o compartía una fotografía con mi esposa y con Sebastián, que apenas era un bebé.

A través del sistema de mensajes de Facebook podía conversar con amigos que vivían en Colombia, España, Estados Unidos o cualquier otro lugar del mundo. Todo parecía cercano. Todo parecía inocente. Era una ventana abierta para reencontrarnos, compartir la vida y sentirnos un poco menos lejos.

Y, además, era gratis.

Eso creíamos.

Con el tiempo también comenzaron a agregarme periodistas reconocidos, muchos de ellos profesionales a quienes había admirado durante décadas. Al mismo tiempo, jóvenes estudiantes de periodismo me escribían para pedirme consejos sobre una profesión que apenas empezaban a descubrir.

También recibía mensajes de señoras y señores jubilados. Muchos de ellos ya han fallecido. Me escribían para comentar la noticia que ese día había presentado desde Londres para RCN o NTN24, o alguno de mis artículos publicados en el diario El País de Cali. No nos conocíamos personalmente, pero, poco a poco, empezábamos a sentir que nos conocíamos.

Cuando mi padre, Walter, murió en 2011, recibí cientos de mensajes de condolencia. Muchas personas me contaron lo que él había significado en sus vidas y en las de miles de habitantes de Palmira. Cada mensaje traía un recuerdo, una anécdota o una palabra de gratitud. Leerlos no borró el dolor de aquella pérdida, pero sí ayudó a aliviarlo.

Repito: todo parecía muy positivo. Uno se sentía acompañado.

En 2020, cuando la pandemia cayó sobre nosotros y nos encerró en nuestras casas, Facebook volvió a mostrarme su enorme poder para hacer el bien. Desde mi teléfono pude orientar diariamente a la comunidad latina sobre las medidas adoptadas por el Gobierno británico, el desarrollo de las vacunas, el número de contagios y las dolorosas cifras de fallecidos.

Con la ayuda de muchos de mis seguidores, pudimos llevar comida a familias que la necesitaban e incluso contribuir a los gastos funerarios de algunos hermanos latinoamericanos que perdieron la vida por la COVID-19. La red social nos permitió organizar la solidaridad cuando el miedo, la enfermedad y el aislamiento se habían apoderado de nuestras vidas.

Me siento orgulloso de todo lo que logramos hacer desde un teléfono y una cuenta de Facebook.

Pero algo empezó a cambiar.

Los algoritmos (Inteligencia Artificial) fueron aprendiendo nuestros gustos, nuestros temores, nuestras preferencias políticas y, sobre todo, aquello que nos indignaba. Descubrieron que la rabia genera más reacciones que la serenidad y que una pelea consigue más comentarios que una conversación respetuosa.

Poco a poco, las redes dejaron de mostrarnos solamente a nuestros amigos. Comenzaron a enfrentarnos con quienes pensaban diferente.

Cuando escribo algo, con frecuencia mi publicación termina llegando a personas que están radicalmente en desacuerdo conmigo, especialmente a grupos de ultraderecha que rechazan la inmigración. Mis seguidores han aumentado, pero entre ellos también ha crecido el número de personas que parecen entrar únicamente para atacar cualquier cosa que publique.

Incluso algunos que antes me enviaban mensajes afectuosos y palabras de agradecimiento ahora escriben comentarios cargados de odio y veneno. Todo porque no apoyé a su candidato a la Presidencia o porque defiendo la dignidad de los inmigrantes, sin importar su raza, su religión o su situación migratoria.

Las redes sociales, sus dueños y quienes diseñan sus algoritmos nos están radicalizando. Amigos que antes se querían ahora se odian. Familiares han dejado de hablarse porque piensan diferente. Incluso entre los menores de treinta años están apareciendo grupos radicales cuyas ideas realmente asustan.

Y esto no va a terminar bien.

Como periodista y columnista, estoy acostumbrado a que cuestionen lo que digo y lo que pienso. Eso es normal y necesario. No tengo la verdad absoluta ni he creído nunca tenerla. Escucho las críticas, reviso mis posiciones y acepto que puedo estar equivocado.

Pero mi labor de defender la vida, la dignidad de los inmigrantes y los derechos de quienes más lo necesitan continuará.

Continuará porque las redes sociales y los líderes que han aprendido a utilizarlas para ganar elecciones seguirán intentando enfrentarnos. Seguirán presentando al inmigrante como el chivo expiatorio, como el causante de las desgracias de personas que, en realidad, también están luchando por encontrar trabajo, sostener a sus familias y vivir con dignidad.

Por eso quiero invitarte a pensar antes de escribir.

Para opinar sobre lo que yo digo, o sobre lo que afirma cualquier periodista, columnista o ciudadano, ¿de verdad hace falta amenazarlo? ¿Burlarse de él? ¿Insultarlo? ¿Meterse con sus seres queridos? ¿Atacarlo por el color de su piel? ¿Decirle que se regrese a su país?

Podemos pensar distinto. Podemos debatir. Podemos defender con firmeza nuestras ideas. Pero no necesitamos destruir a quien piensa de otra manera.

En esta etapa de mi vida profesional deseo seguir defendiendo la vida y la dignidad de los inmigrantes. En muchos lugares del mundo nos rechazan y nos convierten en blanco fácil de críticas, prejuicios y odios. Todavía somos pocos quienes escribimos para contar nuestros esfuerzos, nuestras calamidades y, sobre todo, el enorme aporte que hacemos a las sociedades que nos reciben. Las palabras de apoyo me alientan; los ataques, por su parte, me confirman que esta labor sigue siendo necesaria.

El odio no resolverá nuestros problemas. Solo conseguirá alejarnos todavía más.

Antes de pulsar “publicar”, convendría recordar algo muy sencillo: al otro lado de la pantalla no hay un enemigo. Hay otro ser humano.

Texto: Juan Carlos Bejarano B.

Foto: Archivo personal

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